Divino Planeta

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jueves, 1 de septiembre de 2011

METAFÍSICA DE LOS DIEZ MANDAMIENTOS








Entre las Leyes llamadas "de Dios" que tú vas a estudiar en cuanto te sientas con ganas de apren­derlas, hay una qué se llama la Ley de Corres­pondencia. No tiene nada que ver con las cartas ni con el correo. Correspondencia significa, en este caso, lo que "corresponde" a otra cosa, o sea, "igual a. . ." como también "lo que es lo mismo..." ¿Me explico bien?



Esta Ley ordena que las condiciones de cada plano, o cada estado de conciencia, se encuentran repetidas en todos los planos, en todas partes. Por ejemplo, siempre estamos deseando saber cómo son las características de "El más Allá", vamos a decir. Ese "Más allá" siempre se refiere al plano superior a la Tierra, o al plano inferior a la Tierra.



El lema de esta Ley es "COMO ES ARRIBA ES ABAJO, Y COMO ES ABAJO ES ARRIBA". Es decir, que así como en la Tierra tenemos go­biernos, escuelas, maestros, problemas y la for­ma de solucionarlos, hay manos, pies, oídos, ojos, hay sonidos, tiempo, espacio, hay flores y frutas ... en fin ya sabes lo que se quiere decir. En cada plano. En TODO los planos hay lo que corresponde a todo eso, a pesar de que esos otros planos sean invisibles para nuestros ojos terrenos. La única diferencia consiste en que a medida que se asciende de plano, las mismas condiciones se hacen menos densas, más amplias, digamos que más puras, más bonitas, más inte­resantes ... pero más complicadas porque en cada. plano superior hay una dimensión más que en el anterior. Esto no significa que nos será difícil vivir en el plano nuevo después que abandonamos el plano viejo. No. Por la sencilla razón que no es más difícil para un niño caminar sólo después que aprendió que no le va a ocurrir nada malo cuando se suelte.



Vamos al grano. El Quinto Mandamiento en la Tierra dice: no matarás. Esto nos enseña que no debemos matar. NO SE DEBE. ES MALO. Pero ¿por qué es malo? En verdad nadie te lo dice. Simplemente no debes matar.



Vamos al plano Más Allá. Allí hay la misma Ley, sólo que ella dice: No Matarás Por Más Que lo Intentes. No solamente no lo lograrás, sino que como el instrumento no encuentra nada que matar, se devuelve al lugar de donde salió. Lo lanzaste tú. Te hiere, o te golpea a ti. Eso no te gusta ni te conviene. No volverás a intentarlo. ¡Aprendiste a no matar!



Ahora, por el momento vamos a estudiar el Sexto Mandamiento: NO robarás. Este sigue el mismo Principio. En la Tierra se nos enseña que no se debe robar. Es malo. Tampoco se aclara lo suficiente el asunto ¿Y en el plano Más Allá? El Mandamiento dice: No Puedes Robar lo que No Te Pertenece. No lo Intentes Siquiera, no lo podrás. Puedes procurarte un ob­jeto igual, pero nunca el mismo. Este no se quedará contigo y regresará a su legítimo dueño.



En la Tierra estos Mandamientos parecían prohibiciones. En el próximo plano se te revelan como condiciones. Leyes. Principios. No se pue­den quebrantar ¡Qué felicidad! Nadie te puede matar ni robar. Tú no puedes matar a nada ni nadie, no puedes apropiarte de lo ajeno, ni nadie se puede apropiar de lo tuyo. Pero esa no es la única felicidad. Fíjate bien.



Cuando ya en la Tierra tú eres incapaz de matar ni robar, estás preparado para aprender las condiciones del otro plano, que se le llama "de conciencia". Es decir, que cuando se aprende la primera lección, se pasa a aprender la segunda, ¿no es así? Bien. Pero la gran felicidad es que cuando tú aprendes la segunda, no es necesario que te hayas muerto y que estés en el otro plano Más Allá. No. Estás vivito y coleando aquí en la Tierra. Aplicas la segunda lección, y te asombra ver que esa Ley te funciona lo mismo aquí en la Tierra que "en el cielo". Es decir, que cuando tú sabes que la verdad es que nadie puede matar y que nadie puede robar. NADIE TE MATARA NI TE PUEDE ROBAR. Nadie puede llevarse tu carro de tú puerta aunque le dejes el switch "pegado". Nadie te puede arrancar la bolsa del brazo, ni meterse de noche a tu casa, ni cobrarte más de la cuenta. Nada, nada, nada que no sea honesto te puede suceder. Lo que es tuvo ... TUYO ES Y DE NADIE MAS.



Vamos a explicarte por qué en breves pá­rrafos ¿Por qué no se puede matar? Porque la Vida es eso precisamente, VIDA. No es Muerte. La Vida no puede morir. Sería un contrasentido. Vida es eternamente vida y jamás puede ser muerte. Entonces, dirás tú, ¿qué pasa conmigo? ¿No muero jamás puesto que yo estoy vivo? Exactamente. Tú estás en la Eternidad. Nadie te puede quitar tu Vida. Tu Vida es Dios. ¿Quién le quita Su Vida a Dios? Por eso Tampoco puedes matar a nadie, él sigue viviendo más vivo que nunca en el próximo plano, lo mismo que tú. Pero tú ahora sabes que lo que haces en la Tierra también se te devuelve ¿Por qué? Por Ley de Correspondencia. Porque todo lo de un plano tiene su correspondencia en los otros. En todos los otros. Esta Ley dice: "NO HAGAS A OTROS LO QUE NO QUIERES QUE OTROS TE HAGAN A TI". Ya sabes la razón. Si aún no has aprendido a obedecer esta Ley. empieza a observar cómo se te devuelve todo lo que le hagas a los demás, en mal o en bien.



Ahora, ¿por qué no se puede robar? ¿Qué es lo que hace funcionar esta Ley? Primero sabrás que has llegado a un impasse, si es que todavía no has resuelto aceptar la Ley de la Reencarna­ción. (¡Ah, caramba!, dirás tú: ¿Qué tenemos aquí?) Uno de nuestros lemas Metafísicos es "Lo que no puedas aceptar, déjalo pasar, pero sigue leyendo".



Si no te gusta la idea, no reencarnes, pero tampoco adelantarás. Te quedarás estancado, por la misma razón que el que no quiera aceptar que el Sol va a salir mañana, va a tener que meterse en un closet todas las mañanas y per­manecer allí encerrado durante todas las horas de sol, todos los días.



La Ley de la Evolución es una eterna expe­rimentación y superación, como ya asomamos más arriba en el niño que aprende a caminar y que no tiene por qué temer, ya que él sólo apren­de a soltarse. Tu sabes eso; que todo viene cam­biando de una cosa en otra como el nene que se vuelve niño; como el niño que se vuelve "pavito"; como el pavito que se vuelve adulto, luego viejo y después deja aquí el cascarón viejo y se va a buscar uno nuevo en el más allá.






Cuando un ser "se muere", se encuentra en medio de una serie de circunstancias nuevas en el Más Allá, pero no ha perdido nada de lo que tiene de valor, como el oído, la vista, el senti­miento, la voluntad, el libre albedrío la facultad de moverse, de comunicarse con los demás, su identidad su Yo. Por lo contrario como hay allí una dimensión más, se ve más, se oye más, se siente más, se comprende más, se abarca más, etcétera.






En otras palabras, nada de lo adquirido se puede perder. Sólo se adapta a las nuevas con­diciones del plano. Esto hace que en cada plano se van adquiriendo nuevas y mayores habilidades y conocimientos. En cada vida encarnada se ganan nuevas experiencias y se aprende a usar nuevos objetos e instrumentos, que aunque materiales aquí en la Tierra, tienen su correspondencia en los otros planos invisibles. Pues, ¿qué clase de ventaja sería la de llegar a ser un acabado mú­sico en el mundo y no poder exteriorizarlo en el próximo plano? Y has llegado a la gran expli­cación.






Lo que adquieres, ya lo sabes, los instru­mentos que tuviste que emplear, aprender a usar, como cubiertos, una cama, un fósforo, etc. (en cada plano tienen sus correspondencias, no lo olvides) y éstos, por ser tuyos ya ("por derecho de conciencia", decimos en metafísica), apa­recen automáticamente en tu vida o tus vidas, una después de la otra, porque no puedes nacer en una familia que no tiene los medios de pro­porcionarte lo que te pertenece por derecho de conciencia ¿Me hago explícita? Muchas veces ocurre que un niño viene al mundo en familia careciente de lo que él posee por derecho, y re­sulta que pronto la familia adquiere aquello como una gran casualidad Por esto es que no te pueden robar lo tuyo, ni tú puedes apode­rarte de lo que no has ganado o superado en otra vida anterior. Por eso la gran felicidad es que, al conocer esta Ley y estas condiciones, la Ley funciona en este plano terreno y en todos los planos. Por consiguiente ya puedes estar tranquilo de que nadie te puede ocasionar pér­didas, ni quitarte nada, ni siquiera tu marido ó tu esposa (si no se lo has hecho a otro), ¿qué puedes temer? Y si ya lo aprendiste en esta vida es que lo tienes por derecho de conciencia. De manera que la forma de vivir feliz es aprender la metafísica de los DIEZ MANDAMIENTOS.



Con este pequeño obsequio que te brindamos, habrás puesto tu pie en el primer escalón de la feli­cidad. No me cansaré de recomendarte que leas es­te folletico constantemente. No lo tires en la gave­ta. Cárgalo en tu bolsillo o tu cartera. Reléelo, si puedes, todos los días. Trata de practicarlo, recor­dar sus instrucciones y cuando consideres que es tiempo de que adquieras mayor instrucción asiste a nuestras conferencias y obten los siguientes libros. No te costará nada.



Sólo pagarás por los libros que quieras adquirir, pues éstos hay que venderlos para poder reproducirlos.



Recibe todo nuestro amor. Que la luz de tu Amada Presencia YO SOY te envuelva te llene te ilumine, te guíe, te acompañe.

DECRETOS Y AFIRMACIONES


DECRETOS Y AFIRMACIONES O LA TÉCNICA DE LOS TRATAMIENTOS METAFÍSICOS

Lo que sigue es para que aprendas a formu­lar tus oraciones, que en Metafísica llamamos "tratamientos". Como todo el día estamos pen­sando y decretando, todo el día estamos orando, en forma negativa o en forma positiva, y creando nuestras propias condiciones, estados y sucesos.

Lo importante es mantenerse en el ánimo que expresa la oración. Si después de afirmar te dejas regresar al polo negativo, destruyes el efecto de la oración. Cuida tus pensamientos. Cuida tus palabras. No te dejes arrastrar por lo que expresen otros. Recuerda que ellos ignoran lo que tu ya vas conociendo.

Lo que pienses y pidas para ti, piénsalo también para los demás. Todos somos uno en espíritu y esa es la forma más efectiva de dar. Mejor que pan y limosna ya que el pan y la limosna duran sólo unos instantes, mientras que la Verdad se queda con el otro para siempre. Tarde o temprano tu don espiritual te entrará en la mente consciente y habrás hecho labor de salvación en un hermano. El Principio del Ritmo, que es la ley del péndulo, el búmerang, te devuelve el bien que haces (como también el mal que haces).

Se ha dicho que "uno con Dios es la mayo­ría", de manera que una sola persona que eleve su conciencia al plano espiritual y reconozca la Verdad en la forma expresada más arriba, es capaz de salvar de la ruina a una organización, salvar de la crisis a una comunidad, una ciudad o una nación, porque actúa en el plano espiritual que es la Verdad y ésta domina a todos los planos inferiores. "Conoced la verdad y ella os hará libres".

Frente a una enfermedad propia o ajena:

No acepto esta apariencia ni para mí ni para nadie. YO SOY Vida, en ti, en mí, en todo el mundo. Gracias, Padre, que me has oído.
(Repite esta afirmación cada vez que te venga a la mente el caso que te obligó a expresarla).

En todo caso de temor:
No acepto el temor. Dios es Amor. YO SOY SU HIJO, YO SOY AMOR. Hecho de Amor, por Amor. Gracias Padre que me has oído.

En todo caso de tristeza propia o ajena:
No acepto esto. Yo soy la Alegría. Yo Soy la Dicha. (Comienza a enumerar todo lo bueno que tienes). Gracias Padre.

Frente a toda manifestación de escasez:
No acepto esta apariencia. Mi mundo contie­ne todo. YO SOY la Abundancia de todo. Gracias, Padre, que el día de hoy todo está cubierto.

Frente a todo lo que contraría la Paz mundial o particular:
No acepto esta apariencia de conflicto. YO SOY la Paz, la Armonía, el Orden. Todos somos UNO SOLO. Perdónalos Padre que no saben lo que hacen. Yo perdono y me perdono. Gracias Padre que me has oído y siempre me oyes.

El librito Azul

Amor







Sólo te falta este capítulo para terminar de conocer el Primer Principio de la Creación: El Principio de Mentalismo cuyo lema es "Todo es Mente".



Jesucristo dijo: "Sois dioses" (Evangelio de San Juan, cap. 10-34). Así como la Creación, toda ella fue un pensamiento manifestado, así el hombre, que es un dios en potencia, crea con el pensamiento todo lo que él ve manifestado a igualdad y semejanza de su Creador. Esto ya lo aprendiste. También has aprendido la mecánica de esta creación mental; el carácter (positivo o negativo) de lo creado: la fuerza (fe o temor), que determina el carácter; la manera de cambiar el aspecto exterior de lo que hayas creado (ne­gando y afirmando); el poder de la palabra; que es el pensamiento hablado y que por lo tanto confirma las órdenes que has dado con tus pensa­mientos; y finalmente la fórmula infalible para crear, manifestar y obtener lo mejor, lo más alto, lo perfecto: "Conociendo la Verdad", en acatamiento a la ordenanza del Maestro Jesús Sabes que esta Verdad es que fuimos creados perfectos por un Creador perfecto, con la esen­cia perfecta de




El mismo, con libre albedrío para crear de manera positiva o negativa; por lo tanto el "mal" no es una creación de Dios No tiene ningún poder frente a la Verdad. Que desaparece al sustituir el pensamiento, y la palabra positiva Jesús dijo: "no resistáis al mal" (S. Mateo, 5-39) o sea, que domináramos el mal con el bien La verdad única es el Bien.



De ahora en adelante no podrás jamás volver a culpar a nadie de lo que te ocurra. Tendrás que mirarte frente a frente y preguntarte "¿Có­mo fue mi clima mental en esta circunstancia? ¿Fue positivo o negativo? ¿He sentido fe o te­mor? ¿Qué especie de decretos he lanzado con mis palabras?" Por sus frutos los conoceréis" Tendrás que sincerarte y contestar la verdad ¿Te complace lo que estás viendo? ¿O te desa­grada? Tú dirás.



Ahora, en metafísica cristiana decimos que Dios tiene siete aspectos: Amor, Verdad, Vida. Inteligencia, Alma, Espíritu y Principio. Como ves, todos estos aspectos son estados invisibles. Mentales, pues. No los podemos ver ni tocar. Sentimos y apreciamos sus efectos. Existen, ac­túan, son reales, son cosas y ninguno se puede negar.



Amor se le llama al carácter de Dios, el primer aspecto de Dios, la fuerza más potente de todas las fuerzas y la más sensible. Pocas personas saben lo que es realmente el amor. La mayoría cree que es aquello que se siente hacia los padres, los hijos, los esposos, los enamorados, etc. Afecto, cariño, atracción, antipatía y odio son todos diferentes grados de una misma cosa: sensación. El amor es muy complejo y no se puede definir con una sola palabra pero ya que en nuestro planeta se entiende por amor la sen­sación, y aunque ésta no es sino, como quien dice, el bordecito exterior del amor, tratemos de acercar la sensación lo más que se pueda al amor, para comenzar a comprenderlo. El punto central en la escala que va desde el odio hasta el senti­miento que allí llamamos "amor", es la toleran­cia y la buena voluntad.



Parece una contradicción, pero cuando se "ama" mucho mucho o demasiado, faltan tole­rancia y buena voluntad. Cuando se odia, faltan la tolerancia y la buena voluntad. O sea, que tanto el excesivo amor como el excesivo desamor son la negación de la tolerancia y la buena voluntad. Jesús dijo "Paz a los hombres de buena voluntad". Lo cual implica que lo que pase de allí no trae paz. La paz está en el centro, el perfecto equilibrio, ni de más ni de menos, en todo. Todos los excesos, aún el exceso de Bien (exceso de dinero, de amor, de caridad, de ora­ción, de sacrificio, etc.) desequilibran el peso de la balanza; llevan más hacia uno de los lados, y quitan la paz. Cuando el Génesis dice: "de todos los frutos del paraíso podéis comer, salvo del fruto del árbol de la ciencia del Bien y del Mal" se refiere a eso precisamente. El tronco del árbol simboliza el centro, el equilibrio. Las ramas par­ten de ese centro, desprendiéndose hacia todos lados produciendo "frutos". Algunos se mani­fiestan buenos, otros malos. Simbolizan los ex­tremos.






Verás pues que "el fruto prohibido" que tanta tribulación ha causado en el mundo no es otra cosa que los extremos, el exceso en todos los aspectos, pues Dios, que todo lo creo, declaró toda su obra "buena" (léelo en Génesis) y sólo menciona la palabra "Mal" con respecto al exceso.
Un paréntesis para recomendarte que leas y medites el capítulo 3 de Eclesiastés que comienza:
"Todo tiene su tiempo. . ." (La Biblia).



Volvamos al Amor. Aquellas madres que dicen amar tanto a sus hijos que no les permiten separarse del nido, ni casarse, ni actuar indepen­dientemente de ellas cuando ya son hombres y mujeres mayores de edad, no aman. Son egoístas y lo que sienten es deseo de posesión. Aquellas novias y esposas que sufren torturas de celos, igualmente. Esos tipos de "amor" no son otra cosa que exceso de sentimiento. Sobrepasan la medida y por lo tanto se van muy lejos de la tolerancia y la buena voluntad.



Por lo general el exceso de sentimiento prueba que hay falla de desarrollo de la inteli­gencia. Esto sin duda causará indignación en aquellas personas que se llenan la boca dicién­dose "muy sentimentales". A nadie le agrada que otro le descubra su falta de inteligencia, pero pueden comprobarlo. El exceso de emotividad, como todo exceso, es "malo". Es prueba de que falta lo que le haga contrapeso. El exceso de calor, por ejemplo, se equilibra con igual canti­dad de frío para llevarlo a ser soportable o desa­gradable. La inteligencia es fría. La emoción es cálida. Una gran capacidad emotiva es una cuali­dad magnífica y muy deseable, siempre que esté equilibrada con igual capacidad intelectual. Esto es lo que produce los grandes artistas. Pero el artista tiene su arte en que volcar toda su poten­cia emotiva. En cambio la persona exagerada­mente emotiva y con poco desarrollo intelectual vuelca toda su pasión en los seres humanos que la rodean, pretende atarlos y que cumplan su antojo.



El remedio para la excesiva emotividad es pensar y reflexionar mucho, sobre todo ponerse a meditar durante un rato y diariamente, en la inteligencia. Comenzando por preguntarse: ¿Qué cosa es la inteligencia? Continuando por pensar en que todo contiene inteligencia en el universo, las plantas, los animales, etc. y terminando por afirmar: "Yo soy inteligente, con la inteligencia de Dios mismo, ya que soy creado de la esencia misma del Creador; por la inteligencia, con la inteligencia y de la inteligencia de Dios". A los pocos días de repetir este tratamiento se notará ya un cambio en la elasticidad y la penetración mental; y con sólo una semana del ejercicio se aprecia la transformación en la forma de amar a los demás, una serenidad y una generosidad peculiar que uno nunca se hubiera creído capaz de expresar. Al mismo tiempo se nota un cambio total en los demás, hacia uno mismo. Esto se debe a que somos "individuos" o sea, indivisibles; y lo que afecta a uno afecta a todos. El escalón que subas tú ayuda a toda la raza.



Ahora pasaremos a tratar sobre el enemigo Número Uno de toda la humanidad: El resenti­miento y el rencor, por no decir el odio. Casi no hay seres humanos que estén exentos de resen­timientos, sin saber que esto amarga la vida entera, influencia en mal toda manifestación y es causa de todas las decepciones que sufrimos, aun cuando se aprende a "negar y afirmar", a "conocer la Verdad", a vigilar y corregir los pensamientos y las palabras. Un solo resenti­miento, un rencor grabado en el subconsciente y en el alma actúan como una fuentecita de hiel emanando su gota de amargura, tiñéndolo todo y contrariando sorpresivamente nuestros mayores anhelos. Nada, ni la demostración más perfecta puede perdurar mientras exista aquel foco infec­cioso malogrando nuestro propio ser. La Biblia, las iglesias, las religiones se cansan de abogar por el perdón y el amor hacia los enemigos; y todo es en vano mientras no enseñen la forma práctica de imponernos el perdón hacia los que nos hieren. Mucho se escucha decir "Yo perdono pero no puedo olvidar". Mentira. Mientras uno recuerde un daño, no lo ha perdonado.



Vamos a dar la fórmula infalible para perdo­nar y olvidar al mismo tiempo, para nuestra propia conveniencia ya que esto nos establece en el punto central del equilibrio, el de la tole­rancia y la buena voluntad y siendo este esfuerzo AMOR. San Juan, el Apóstol de amor dice: "El amor es el cumplimiento de la ley". Cumplir con la ley del amor es cumplir con todas las leyes. Es estar con Dios, en Dios, es ser dichosos, satisfechos y completos en todas nuestras mani­festaciones. Mi maestro decía: El hombre que ama bien es el hombre más poderoso del mundo. Y aquí la receta para bien amar: Cada vez que sientas algo desagradable hacia otro; o bien que te encuentres resintiendo algo que te hayan he­cho; o que te reconozcas un franco rencor o un deseo de venganza, ponte deliberadamente a re­cordar (no es tratar de olvidar lo de ahora), es a recordar todo lo bueno que conoces de aquella otra persona. Trata de revivir los ratos agrada­bles que gozaste en su compañía, en tiempos pasados, anteriormente al momento que te hirió. Insiste en rememorar lo bueno, sus buenas cuali­dades, la forma en que pensabas de ella. Si logras reírte de algún chiste que ella dijo o de algo cómico que gozaron juntos, el milagro se ha hecho. Si no basta con un solo tratamiento, repí­telo tantas veces como sea necesario para borrar el rencor o resentimiento. Te conviene hacerlo, "hasta setenta veces siete".Esto es el cumplimiento de la ley dada por Jesús: "No resistáis al mal". Esto es volver la otra mejilla. Es amar a los enemigos, bendecir a los que nos maldicen, hacer bien a los que nos aaborrecen y orar por los que nos ultrajan y persiguen, todo sin exponernos a que nos piso­teen. Si lo haces con sinceridad te vas a dar cuenta de algo muy extraño, y es que te sentirás libertado, primeramente, y luego, que una mon­taña de pequeños inconvenientes que te ocurrían y que no sabías a qué atribuir desaparecen como por encanto, y tu vida marcha sobre rieles. Además de que te verás amado por todo el mun­do, aún por aquellas personas que antes no te quisieron bien.


El librito Azul

martes, 23 de agosto de 2011

¿LA FE MUEVE MONTAÑAS? ¿POR QUE, Y COMO?



Todo el mundo conoce el dicho y lo repite a menudo. Lo repite como loro, pues no sabe en realidad lo que significa, ni por qué ni cómo es eso, que la fe mueve montañas.

Pocos saben que el temor también mueve montañas. El temor y la fe son una misma fuer­za. El temor es negativo y la fe es positiva. El temor es fe en el mal. O sea, la convicción de que va a ocurrir lo malo. La fe es la convicción de que lo que va a ocurrir es bueno, o que va a termi­nar bien. El temor y la fe son las dos caras de una misma medalla.

Fíjate bien. Tu jamás temes que te vaya a suceder algo bueno. Ni tampoco dices jamás "tienes fe en que te va a ocurrir lo malo". La fe siempre se asocia a algo que deseamos; y no creo que tú deseas el mal para tí.! A éste le te­mes; ¿no es así?

Todo lo que tu temes lo atraes y te ocurre. Ahora que, cuando te ocurre generalmente dices con aire triunfante: "¡Ajá, yo lo sabía! Lo pre­sentí", y sales corriendo a contarlo y repetirlo como para lucir tus dotes de clarovidente. Y lo que en realidad ha sucedido es que lo pensaste con temor ¿Lo presentiste? Claro. Lo pre­sentiste. Tú mismo lo estás diciendo. Ya tú sabes que todo lo que se piensa sintiendo al mismo tiempo una emoción, es lo que se manifiesta o se atrae. Tú lo anticipaste y lo esperaste. Anti­cipar y esperar es fe.

Ahora fíjate que todo lo que tú esperas con fe te viene, te sucede. Entonces, si sabes que esto es así, ¿qué te impide usar la fe para todo lo que tú desees: amor, dinero, salud, etcétera? Es una ley natural. Es una ordenanza divina. El Cristo lo enseñó con las siguientes palabras, que tú conoces: "todo lo que pidiéreis en oración creyendo, lo recibiréis". No lo he inventado yo.

Está en el capítulo No. 21, versículo 22 de San Mateo. Y San Marcos, lo expresa más claro aún: "todo lo que pidiereis orando, creed que lo reci­biréis y os vendrá". San Pablo lo dice en palabra que no tienen otra interpretación: "la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que se ve". Más arriba te dije que la fe es la convicción del bien.

Ahora te diré que la convicción viene por el conocimiento. Supongamos que tú vives en la pro­vincia y que jamás has ido a la capital. Quieres ir a la capital, y tomas el tren, el auto o el avión.


Sabes dónde queda la capital y cómo dirigirte a ella. Un día te diriges hacia la capital y utilizas la forma de conducción que mejor te convenga, pero por el camino no vas temiendo desviarte hacia la luna ¿No? Si fueras un indio salvaje podrías estar temblando de pavor por desconocer totalmente lo que te está pasando. Pero siendo una persona civilizada, vas tranquilo, sabiendo que a tal o cual hora llegarás a la capital ¿Qué es lo que te da fe? El conocimiento.

La ignorancia de los Principios de la Crea­ción es lo que hace que el mundo tema el mal, no sepa emplear la fe, ni siquiera lo que ella es.

La fe es convicción, seguridad; pero éstas tienen que estar basadas en el conocimiento de algo.


Conoces que existe la capital y vas hacia ella. Por eso sabes que no irás a parar a la luna.

Ahora sabes que cuando deseas algo, si te­mes no obtenerlo, no lo obtendrás. Si lo niegas antes de recibirlo, como en el ejemplo dado ya de la oración que dirige a Dios la generalidad de los humanos: "Dios mío concédeme tal cosa, aunque sé que no me lo darás porque vas a pensar que no me conviene"; no lo obtendrás porque de antemano lo negaste. Has confesado que no lo esperas.

Déjame darte la fórmula metafísica para ob­tener cualquier cosa que uno desee. Es una fórmula. Hay que emplearla para todo. Com-pruébala por ti mismo. No me lo creas ciega-mente.
"Yo deseo tal cosa. En armonía para todo el mundo y de acuerdo con la voluntad divina. Bajo la Gracia y de manera perfecta. Gracias Padre que ya me oíste".

Ahora no dudes por un solo instante. Has empleado la fórmula mágica. Has cumplido con toda la ley y no tardarás en ver tu deseo manifes­tado. Ten paciencia. Mientras más tranquilo esperes, más pronto verás el resultado. La impa­ciencia, la tensión y el ponerse a empujar mental­mente destruyen el tratamiento (La fórmula es lo que en metafísica se llama "un tratamiento").

Para que conozcas lo que has hecho al re­petir la fórmula, te voy a explicar el proceso detalladamente. Al tú decir "en armonía para todo el mundo" has eliminado todo peligro de que tu conveniencia perjudique a otros, como tampoco se te hace posible desear un mal para otro. Al decir "de acuerdo con la voluntad divi­na"; si lo que tú deseas es menos que perfecto para ti, verás suceder algo mucho mejor de lo que tus esperabas. En este caso significa que lo que estabas deseando no lo ibas a encontrar suficiente, o no te iba a resultar tan bueno como tu pensabas. La voluntad de Dios es perfecta.

Al tú decir "bajo la Gracia y de manera perfecta", encierra un secreto maravilloso. Pero déjame darte un ejemplo de lo que ocurre cuan­do no se sabe pedir bajo la Gracia y perfección. Una señora necesitaba urgentemente una suma de dinero, y la pidió, asimismo, para el día 15 del mes. Tenía absoluta fe de que la recibiría, pero su egoísmo e indiferencia no le inspiró pedirla con alguna consideración para nadie más. Al día siguiente un automóvil estropeó a su hija, y el día 15 del mes recibió la suma exacta que ella había pedido. Se la pagó la Compañía de Seguros por el accidente de su hija. Ella trabajó la Ley con­tra ella misma.

Pedir "bajo la Gracia y de manera perfecta" es trabajar con la ley espiritual. La Ley de Dios que se manifiesta siempre en el plano espiritual. Allí (en el plano espiritual) todo es perfecto, sin obstáculos, sin inconvenientes, sin tropiezos ni daños para alguno, sin luchas ni esfuerzos, "suavecito, suavecito", todo con gran amor, y esa es nuestra Verdad. Esa es la Verdad que al ser conocida nos hace libres.

"Gracias Padre que ya me oíste" es la expre-sión más alta de fe que podamos abrigar. Jesús la enseñó y la aplicaba en todo, desde antes de partir el pan con que alimentó a cinco mil, hasta para decir cómo transformar el vino en su san­gre. Dando gracias al Padre antes de ver la manifestación.

Como irás viendo, todo lo que enseñó Jesús fue metafísico.

Todo lo que tú desees, todo lo que vayas ne­cesitando lo puedes manifestar. El Padre todo lo ha previsto ya, todo lo ha dado ya, pero hay que irlo pidiendo a medida que se sienta la necesidad.


Sólo tienes que recordar que no pue­des pedir mal para otro porque se te devuelve a ti, y todo lo que pidas para tí debes pedirlo también para toda la humanidad porque todos somos hijos del mismo Padre.

Por ejemplo, pide grande. El Padre es muy rico y no le gusta la mezquindad. No digas "Ay, Papá Dios dame una casita. Sólo le pido una casita, aunque no sea sino chiquitica", cuando la realidad es que tú necesitas una casa muy grande porque tu familia es numerosa. No reci­birás sino lo que pides. Pide así: "Padre, dame a mí y a toda la humanidad, todas las maravillas de tu Reino" y ahora haz tu lista.

Para irte fortificando la fe, haz una lista de cosas que deseas o que necesitas. Enumera los objetos o las cosas. Al lado de esta lista haz otra enumerando cosas que deseas ver desapare­cer, o bien en ti mismo o en lo exterior. En el mismo papel escribe la fórmula que ya te di más arriba. Ahora, lee tu papel todas las noches. No te dejes sentir la menor duda. Da las gracias de nuevo cuantas veces pienses en lo que has escrito. A medida que veas que se te van reali­zando las cosas enumeradas, ve tachándolas. Y al final, cuando las veas realizadas todas, no vayas a ser tan mal agradecido de pensar: "Tal vez se me iban a dar de todas maneras", porque es mentira. Se te dieron porque las pediste co­rrectamente. Lo exterior se acomodó para dejár­telas pasar.

Como ya estás muy habituado a sentir temor por una variedad de razones, cada vez que te encuentres atacado por un temor repite la fórmula siguiente, que te irá borrando el reflejo que tienes grabado en el subconsciente: "Yo no tengo miedo. No quiero el temor. Dios es amor y en toda la Creación no hay nada a qué temer; Yo tengo fe. Quiero sentir fe".

Un gran Maestro decía "lo único que se debe temer es al temor". La fórmula la debes repetir aun cuando estés temblando de terror. En ese momento, con mayor razón. Solamente el deseo de no temer y el deseo de tener fe bastan para cancelar todos los efectos del temor, y para situarnos en el polo positivo de la fe.

Supongo que ya tú conoces el principio psico­lógico que dice, que cuando se borra una cos­tumbre hay que sustituirla por otra. Cada vez que se niega o se rechaza una idea cristalizada en el subconsciente, se borra ésta un poquito. El pequeño vacio que así se hace, hay que llenarlo inmediatamente con una idea contraria. Si no, el vacío atraerá ideas de la misma clase y que siempre están suspendidas en la atmósfera, pen­sadas por otros. Poco a poco irás viendo que tus temores desaparecen, si es que tienes la vo­luntad de ser constante, repitiendo la fórmula en todas las circunstancias que se vayan pre­sentando.

Poco a poco irás viendo que únicamente te sucederán las cosas como tú las deseas. "Por sus frutos los conoceréis", dijo Jesús.
Este gran instrumento —"el poder del decre­to" se presenta a nuestra atención en aquella extraordinaria historia de la creación que encon­tramos en los dos primeros capítulos del Génesis en la Biblia. Yo sugiero que tomes tiempo ahora para leer este maravilloso relato. Mientras lees te darás cuenta de que el hombre (esto quiere decir tú y yo) no fue creado para ser la pieza del juego de las circunstancias, la víctima de las condiciones o un títere movido de un lado para otro por po­deres fuera de su dominio. En lugar de esto en­contramos que el hombre ocupa el pináculo de la Creación; que, lejos de ser lo más insignificante del Universo es, por la misma naturaleza de los poderes que le ha dado su Creador, la suprema autoridad designada por Dios para regir la Tierra y toda cosa creada. El hombre está dotado de los poderes mismos del Creador porque es "hecho a Su imagen y según Su semejanza". El hombre es el instrumento por medio del cual la sabiduría, el amor, la vida y el poder del Creador Espíritu, se expresa en plenitud.

Dios situó al hombre en un Universo respondedor y obediente (incluyendo su cuerpo, sus asuntos, su ambiente) que no tiene otra alternati­va que llevar a efectos los edictos o decretos de su suprema autoridad.

El poder de decretar es absoluto en el hom­bre; el dominio que Dios le dio, irrevocable; y aunque la naturaleza básica del Universo es buena en la evaluación del Creador, puede aparecer ante el hombre solamente como él decreto que aparez­ca. Vemos que mientras el hombre fue obediente a su Creador, mantuvo su poder de pensar y hacer decretos a tono con el espíritu del Bien que es la estructura de la Creación, vivió en un universo de bien, un "Jardín del Edén". Pero cuando el hombre "cayó" al comer del árbol del conoci­miento del bien y del mal, y eligió basar su pensa­miento y usar sus poderes en el bien y el mal —lo que como agente libre podía hacer— inme­diatamente encontró sudor y cardos mezclados con su pan de cada día. Desde la "caída" el hom­bre se ha atareado declarando su mundo bueno o malo y sus experiencias han sido de acuerdo con sus decretos. Esto demuestra evidentemente cómo responde el Universo y cuán completos y de largo alcance son el dominio y la autoridad del hombre.


EL LIBRITO AZUL

El Decreto






Cada palabra que se pronuncia es un decreto que se manifiesta en lo exterior. La palabra es el pensamiento hablado.


Jesús dijo dos cosas que no han sido tomadas en serio. Una, "Por tus palabras serás condenado y por tus palabras serás justificado". Esto no significa que los demás nos juzgarán por lo que decimos, aunque esto también es verdad; como habrás visto ya, el Maestro enseñaba metafísica, solo que la raza no estaba aún lo suficiente ma­dura para entenderla. En varias ocasiones lo advirtió diciendo que tenía aún muchas otras cosas qué decir, pero que no podrían ser com­prendidas. En otras ocasiones dijo que aquel que tuviera oídos para oír, que escuchara. La segun­da referencia que hizo al poder de la palabra fue: "No es lo que entra por su boca lo que contamina al hombre, sino lo que de su boca sale; porque lo que de la boca sale, del corazón procede". Más claro no se puede expresar.


Te propongo que pongas atención a todo lo que tú decretas en un solo día. Vamos a recor­dártelo. "Los negocios están malísimos". "Las cosas andan muy malas". "La juventud está per­dida". "El tráfico está imposible". "El servicio está insoportable". "No se consigue servicio". "No dejes eso rodando porque te lo van a robar". "Los ladrones están asaltando en todas las esqui­nas". "Tengo miedo de salir". "Mira que te vas a caer". "Cuidado que te matas". "Te va a pisar un carro". "¡Vas a romper eso!". "Tengo muy mala suerte". "No puedo comer eso, me hace daño". "Mi mala memoria ...", "mi alergia...", "mi dolor de cabeza...", "mi reumatismo...", "mi mala digestión..." "¡Ese es un bandido!", "esa es una desgraciada". "Tenía que ser, cuando no". No te sorprendas ni te quejes si al expre­sarlo lo ves ocurrir. Lo has decretado. Has dado una orden que tiene que ser cumplida. Ahora recuerda y no olvides jamás, cada palabra que pronuncias es un decreto.



Positivo o negativo Si es positivo se te manifiesta en bien. Si es nega­tivo se te manifiesta en mal, si es contra el pró­jimo es lo mismo que si lo estuviera decretando contra ti. SE TE DEVUELVE. Si es bondadoso y comprensivo hacia el prójimo, recibirás bon­dad y comprensión de los demás hacia ti. Y cuando te suceda algo molesto, negativo, desagra­dable, no digas "¡Pero si yo no estaba pensando ni temiendo que me fuera a suceder esto!". Ten la sinceridad y la humildad de tratar de recordar en cuáles términos te expresaste de algún pró­jimo. En qué momento salió de tu corazón un concepto viejísimo, arraigado allí, que tal vez no es sino una costumbre social como la genera­lidad de esas citadas más arriba y que tú real­mente no tienes deseos de seguir usando.


Como el sentimiento que acompaña a un pensamiento es lo que lo graba más firmemente en el subconsciente, el Maestro Jesús, que jamás empleó palabra superfluas, lo expresó muy bien al decir, "lo que de la boca sale, del corazón procede", y esto nos da la clave inequívoca. El primer sentimiento que nos enseña es el temor. Nos lo enseñan nuestros padres, primeramente, y luego nuestros maestros de religión. Al sentir un temor se nos acelera el corazón. Solemos decir "por poco se me sale el corazón por la boca" para demostrar el grado de temor que sentimos en un momento dado. El temor es lo que está por detrás de todas las frases negativas que te he citado más arriba.


San Pablo dijo: "Somos transformados por la renovación de nuestras mentes". Cada vez que te encuentres diciendo una frase negativa, sabrás qué clase de concepto errado tienes arraigado en el subconsciente, sabrás a qué clase de sentimien­to obedece: temor o desamor, tájalo, bórralo negándolo por mentiroso y afirma la Verdad, si no quieres continuar manifestándolo en tú exterior. Al poco tiempo de esta práctica notarás que tu hablar es otro. Que tu modo de pensar es otro. Tú y tú vida se estarán transformando por la renovación de tu mente.
Cuando estés en reunión de otras personas, te darás perfecta cuenta de la clase de conceptos que poseen y los constatarás en todo lo que les ocurre. Siempre que escuches conversaciones ne­gativas no afirmes nada de lo que expresen. Piensa "no lo acepto ni para mi ni para ellas". No tienes que decírselo a ellas.



Es mejor no divulgar la verdad que estás aprendiendo, no porque haya que ocultarlo sino porque hay una máxima ocultista que dice: "Cuando el discípulo está preparado aparece el maestro". Por ley de atracción, todo el que está preparado para subir de grado es automáticamente acercado al que lo pueda adelantar, de manera que no trates de hacer labor de catequista. No obligues a nadie a recibir lecciones sobre la Verdad porque te puedes encontrar que aquellos que tú creías más dispuestos, son los que menos simpatizan con ella. A esto se refería Jesús cuando dijo: "No déis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas de­lante de los cerdos, no sea que los pisoteen, y se vuelvan y os despedacen".



Librito Azul -CONNY MENDEZ